Cada vez que debato con una amiga sobre el fin de ETA y el – mal llamado – proceso de paz, siempre termina por lanzarme la frase de que las víctimas no deberían formar parte del proceso del fin del terrorismo en el País Vasco.

¿Por qué?, pues según su punto de vista porque están demasiado implicadas emocionalmente (faltaría más) y no serían jamás parte objetiva, pues nunca se van a ver satisfechas porque nadie les va a devolver a los suyos.

Razonable ¿verdad?.

Pues si, pero yo solo aceptaría ese requisito si además se acepta otro que planteo yo y considero igual de razonable:

Los integrantes de ETA y su aparato de cobertura no deben formar parte del proceso del fin del terrorismo en Euskadi

¿Motivos?, pues creo que está claro que, salvando las enormes distancias, son similares: no son parte objetiva del “conflicto“, tienen intereses (los suyos) que defender y nunca se van a ver satisfechos en sus reclamaciones, por las que llevan décadas robando y matando.

Entonces ¿quien debería reunirse para solucionar el “conflicto“?, pues sencillo:

Todos los partidos democráticos, así como todo aquel que, sin delitos pendientes, quiera sumar  para hacer frente, de una vez y con firmeza, a todo intento de obtener rédito político mediante el asesinato y la extorsión, que deben ser perseguidos por la ley. Y también la sociedad vasca, que debe salir de esa especie de Síndrome de Estocolmo auto-inducido, por el que se ha instalado el mantra de que “hagan lo que sea pero que se acabe ya esto“, sin darse cuenta de que ese “lo que sea” pasa por perdonar crímenes de todo tipo y calaña.

La diferencia de este “conflicto” es sencillamente que hay aún irresponsables (políticos y sociales) que consideran que deben tener algún tipo de conmiseración con quienes no aceptan la ley salvo que les beneficie a ellos, y que todo aquel que esté en contra merece ser asesinado y/o extorsionado.

Lo demás son discusiones de salón, y así llevamos más de 30 años de democracia soportando a una banda de mafiosos y asesinos que han decidido que el único régimen válido es en el que ellos gobiernen, y que los que no están de acuerdo con ellos son menos vascos, incluso menos personas: prescindibles para su “proyecto nazionalsocialista“.

Y, para terminar de arreglar este desaguisado, a las víctimas del terrorismo y a quienes simplemente recordamos que ETA son una banda de asesinos que no acepta las reglas democráticas salvo que les beneficie, resulta que se nos tacha de “radicales“, incluso por preclaras mentes del Partido Popular. Sin embargo, a los que llevan años viviendo de la extorsión y el asesinato, en cuando “dicen aceptar” las reglas del juego democrático, al mismo tiempo que exigen indultos para sus compañeros asesinos, y sin haber entregado aún ni armas ni explosivos, todavía hay irresponsables y oportunistas políticos que les tildan de hombres de paz.

Ahora, tras unas elecciones autonómicas en Euskadi en las que los valedores de la ETA, ahora conocidos como EH Bildu, pueden co-gobernar, mucho me temo o volveremos a la vergüenza de asistir a reivindicacionismo de los presos, peticiones de regreso de huidos de la Justicia, y ni un solo recuerdo para las miles de víctimas de los mismos para los que se pide ahora “integración“. Porque estos si han podido formar parte del “proceso“, asistiendo disfrazados de demócratas a unas elecciones. Las que no han podido participar, muchas ni siquiera votando, han sido las víctimas, que ni siquiera han estado suficientemente representadas por partidos – así mismos denominados – nacionales.

Pero, en el fondo, esto son solo palabras, pues ahora casi todos se han olvidado de las víctimas. El PP, que acudió a las víctimas antes de la campaña para prometer lo contrario de lo que están haciendo en política antiterrorista, ahora solo está preocupado por su debacle electoral en Euskadi; el PSOE anda perdido por las esquinas ensoñando cómo recuperar el voto perdido en toda España; el PNV solo tiene ojos para hacer pactos con quien sea para  gobernar y volver a poner en marcha sus chiringüitos.

Espero que UPyD siga siendo quien, como yo, se acuerde de a los que solo les queda el recuerdo de los suyos que ya no volverán y la esperanza de que alguien tenga la decencia de llamar a las cosas por su nombre y reclame que se imparta justicia, algo tan simple, y tan ausente.

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