voto

A menudo me quejo de los tiempos difíciles que nos están tocando vivir a aquellos que recientemente, casi después de toda una vida, hemos decidido implicarnos en la política activa, pero seguramente no estaría aquí si no fuera, precisamente, porque los tiempos son difíciles, porque hacía falta reinventar la política.

Lo fácil ha sido estar en política en los años de vacas gordas, cuando la dignidad se presuponía mientras se fraguaban redes de corrupción amparadas precisamente por esos valores prácticamente regalados por los ciudadanos.

En nuestra democracia reciente no teníamos experiencia suficiente, y nos sobraba ilusión, así que el campo estaba labrado para que llegaran los oportunistas de la política y pervirtieran todo aquello por lo que habían luchado nuestros padres y abuelos.

Durante muchos años se han ido tejiendo tramas de dinero fácil, cuentas opacas y se han ido creando estructuras de poder alejadas de los verdaderos intereses del país, y partidos cada vez más centrados en perpetuarse que en dar soluciones a las necesidades de los ciudadanos.

La falta de transparencia, ausencia de democracia interna y creación de problemas innecesarios no son sino síntomas de ese alejamiento de los estamentos políticos de la ciudadanía que, ahora, en tiempo de crisis, asoma de entre los escombros en que los intereses partidistas, que no ciudadanos, han convertido las instituciones de este país.

Quizás por todo ello hace pocos años que decidí dar el paso a la política activa, para recuperar la política, reivindicar la representación pública de los españoles, tantos años tratados como niños a los que hay que dar un caramelo para que no se quejen demasiado, a los que solo había que prestar atención de cara a la renovación de ese contrato ciudadano llamado elecciones.

Pero los problemas reales de España, que han salido a relucir con la crisis, han demostrado también que los viejos partidos no estaban cumpliendo con su mandato, y que estaban máspreocupados por perpetuarse que por hacer un servicio al país, funcionando para lo suyo y los suyos, no para los nuestros, los ciudadanos.

Afortunadamente, ha habido revulsivos que están forzando los cambios necesarios, no solo para salir de la crisis económica, sino para evitar volver a incurrir en los viejos errores … pero se resisten.

poder ciudadano

España necesita políticos y partidos que comprendan el papel de representación pública, que recuerden que están encomendados a llevar a cabo las propuestas por las que han sido elegidos, que no olviden que su puesto tiene fecha de caducidad y algún día deben volver a sus puestos de trabajo, que tienen la misión casi divina de servir a sus vecinos y a su país, y que deben hacerlo con todo su esfuerzo, dignidad y altura de miras.

Para ello los partidos políticos deben volver a ocupar su espacio en la sociedad, en vez de tratar de acaparar otros que les son ajenos. Deben centrar sus objetivos en el bien común y no la supervivencia propia; han de satisfacer las necesidades del país y respetar la separación de poderes imprescindible de una democracia real.

Y es ahora,  cuando se está demostrando que llevan años queriendo ocupar también el espacio de la justicia, la economía, la industria, los medios de comunicación, la sociedad civil y hasta la religión, cuando debemos recordar que los partidos deben ser meros instrumentos para hacer políticas que redunden en beneficios para la sociedad, que la renovación y mejora de nuestra democracia pasa ineludiblemente por tener partidos políticos que sean reflejo de los valores democráticos que deben defender y fomentar.

Para llegar a ello hay un largo camino, que pasa ineludiblemente por sistemas de elección interna abiertos, sin avales ni restricciones, un camino en el que la transparencia debe ser la regla básica de toda actividad, en el que el bien común debe estar por encima de cualquier partidismo, en el que el político nunca olvide que su jefe es el ciudadano, que le ha dado su confianza para administrar su patrimonio y garantizar un futuro para sus hijos.

El político, desde el Congreso de los Diputados hasta el último Ayuntamiento, debe tener siempre presente que a quien sirve es al ciudadano y no al partido, y para ello son imprescindibles las listas electorales abiertas.

El político, como administrador del patrimonio del ciudadano, debe ser consciente de que ni los bienes ni los datos son suyos ni de su partido, y por ello es vital la transparencia y apertura total de las cuentas públicas.

El político no debe olvidar que está cumpliendo un mandato ciudadano temporal, y para que no se le olvide se deben limitar los mandatos y poner los medios necesarios para evitar la corrupción.

El político debe recordar que son las ideologías las que deben estar al servicio de los ciudadanos, y no estos al servicio de las ideologías.

El político debe, en definitiva, asumir que el sistema no es un medio para sus objetivos personales o partidistas, sino que él forma parte de un sistema en el que es mero instrumento del ciudadano.

Es por todo esto que hay, y debe haber más, políticos que dediquemos parte de nuestra vida a ese servicio, de manera temporal e instrumental, reivindicando el digno papel que debe cumplir la política como herramienta del ciudadano y que el político vuelva a ser uno de los nuestros.

Artículo publicado en la sección de firmas políticas de la revista digital Sesión de Control

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